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El periodista de viajes ha terminado relegado a los últimos lugares

Escribir una buena historia durante un viaje no es lo mismo que hacer periodismo de viajes. Podrían ser lo mismo, ojalá fueran lo mismo, pero eso no sucede en ningún lugar del planeta. El periodismo de viajes es otra cosa.


Todo tiene que ver con eso que en el mundo del turismo se llama “la industria”, y que no es otra cosa que los anunciantes. Las revistas y suplementos de viajes viven condicionados, como todos pero de forma más evidente, por los anunciantes. En ese tablero, plagado de invitaciones y de viajes en grupo y de visitas condicionadas, es que el periodista de viajes ha terminado relegado a los últimos lugares en el escalafón del periodismo a secas y con mayúscula.


Tan menor es el peso de los redactores de la sección turística de los diarios, que ni siquiera importa que todo lo que escriben fue financiado por los mismos que aparecen en su texto. Eso da lo mismo. A nadie le importa.


Así como a los periodistas deportivos les gusta estar cerca de los futbolistas importantes. Así como a los periodistas políticos les gusta estar cerca de los personajes poderosos. Así como a los periodistas de música les gusta estar cerca de las estrellas de rock. Así como a los periodistas de cultura les gusta estar cerca de los grandes escritores. Así como ellos, los periodistas de viajes tienen ambiciones que parecen mucho menores: estar cerca de los turistas que se toman una semana de vacaciones. Estamos, porque me incluyo en la categoría, cerca de las familias que caminan de la mano por el parque de diversión, de las parejas en luna de miel en la clase económica de un crucero, o junto al padre oficinista que deja a los hijos con los entretenedores del resort mientras él, totalmente desconectado de su vida diaria, toma piñas coladas todas incluidas mirando pasar chicas en bikini.


Cuando el motivo central de un artículo periodístico es el viaje en sí, y en esa publicación el “viaje” se entiende como “vacaciones”, el periodista termina convertido en un turista de temporada alta que viaja a los sitios en temporada baja recolectando datos para el verano que viene. Una suerte de recomendador profesional, que publica en medios masivos para gente minoritaria que sueña, algún día, ojalá pronto, tomarse unas merecidas vacaciones.


El resto, la mayoría, agarra los suplementos de viaje y los lanza a la basura sin siquiera abrirlo. Sin importar que está todo pagado. Sabiendo que adentro no habrá nada sorprendente. Seguros, tal vez, que desde hace muchos años (tal vez, desde siempre) las mejores historias de viaje no aparecen en revistas ni en suplementos de viajes.


Juan Pablo Meneses

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