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El verdadero campeón del Mundial no juega al fútbol: se llama FIFA

Cada cuatro años se repite el mismo discurso. Se promete que el Mundial impulsará el turismo, dinamizará la economía, generará empleo y dejará un legado para las ciudades anfitrionas. Sin embargo, cuando el balón deja de rodar y las cifras comienzan a analizarse con mayor detenimiento, la historia suele ser bastante menos épica.


El Mundial de 2026, organizado por México, Estados Unidos y Canadá, no parece ser la excepción.


Los beneficios prometidos fueron, en muchos casos, inferiores a las expectativas. En México, la derrama económica quedó por debajo de las proyecciones iniciales y numerosos hoteles y restaurantes no experimentaron el auge esperado. En Canadá, operadores turísticos advirtieron que varios destinos incluso recibieron menos visitantes de los habituales, debido al desplazamiento del turismo tradicional y a la concentración del flujo de personas exclusivamente en torno a los partidos.


Paradójicamente, mientras buena parte del sector turístico esperaba un crecimiento histórico, plataformas de alojamiento temporal como Airbnb captaron una porción importante de la demanda. Muchos aficionados eligieron alquilar viviendas por pocos días, reduciendo el impacto sobre la hotelería tradicional y concentrando los beneficios en un segmento específico del mercado.


Pero el verdadero ganador no fue Airbnb.


El gran vencedor volvió a ser la FIFA.


La organización concentra los ingresos provenientes de los derechos de televisión, los patrocinios globales, las licencias comerciales, la venta de entradas y los programas de hospitalidad. Sus propios informes financieros proyectan ingresos sin precedentes para el ciclo del Mundial 2026. Mientras tanto, los gobiernos nacionales, provinciales y municipales son quienes asumen gran parte de los costos en infraestructura, seguridad, transporte, limpieza, logística y servicios públicos.


Es un modelo de negocios extraordinariamente eficiente para una organización privada: los ingresos se centralizan, mientras buena parte de los riesgos y de la inversión recaen sobre el sector público.


El problema no es el fútbol.


El problema es el relato construido alrededor del fútbol.


Durante meses se instaló la idea de que el Mundial sería un motor para todo el turismo. Sin embargo, la evidencia disponible muestra un panorama mucho más complejo. No todos los hoteles se llenaron. No todos los restaurantes vendieron más. No todos los comercios incrementaron sus ingresos. Tampoco todos los habitantes mejoraron su calidad de vida por albergar partidos del campeonato.


En muchos casos ocurrió lo contrario: aumento de precios, restricciones de movilidad, congestión urbana, desvío de recursos públicos y desplazamiento del turismo habitual.


Incluso desde la economía del turismo se conoce un fenómeno frecuente en los megaeventos: el efecto de sustitución. Muchos viajeros que normalmente visitarían un destino deciden posponer o cancelar su viaje para evitar multitudes, precios elevados o dificultades logísticas. El resultado es que una parte del supuesto “nuevo turismo” simplemente reemplaza al que habría llegado de todas formas.


Eso explica por qué los beneficios reales suelen ser mucho menores que los anunciados antes del evento.


El turismo necesita políticas sostenibles, planificación de largo plazo y distribución equitativa de los beneficios. Un campeonato mundial dura pocas semanas. Un destino turístico necesita desarrollarse durante décadas.


Quizá haya llegado el momento de dejar de medir el éxito de un Mundial por la cantidad de camisetas vendidas, las imágenes de estadios repletos o los récords de audiencia televisiva. Tal vez la pregunta más importante sea otra: ¿Quién se queda realmente con el dinero?


La respuesta, una vez más, parece bastante clara.


Mientras millones de personas celebran un campeón deportivo, el verdadero campeón económico levanta otro trofeo, lejos de la cancha y sin necesidad de marcar un solo gol.


Ese campeón se llama FIFA.


Miguel Ledhesma




 
 
 

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