Purmamarca tras la fiesta: el altar donde se abrazan las devociones
- Miguel Ledhesma
- hace 13 minutos
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Cruzo el marco de algarrobo de la iglesia de Santa Rosa de Lima y el aire huele a cera y a sahumerio. Afuera, la luz del mediodía cae implacable sobre el Cerro de los Siete Colores y la plaza empieza a recobrar su paso de pueblo tranquilo. Pero adentro, en la penumbra de los muros de adobe, el tiempo parece haberse detenido.
Me detengo frente al altar. Acomodadas con minucioso cuidado a lo largo de la nave central, todavía descansan decenas de pequeñas urnas de madera y andas decoradas con flores de colores , cintas de raso y espejuelos que atrapan los escasos rayos de luz. Son las vírgenes y los santos patronos de los cerros, las imágenes visitantes que se han quedado a custodiar el templo unos días más antes de emprender el regreso.
Al contemplar sus mantos bordados y sus rostros , el silencio del templo se llena de memoria. Resulta imposible no evocar el estruendo de los bombos y el silbido colectivo de las cañas que apenas unos días atrás, en la fiesta central del 30 de agosto, hicieron retumbar las paredes del valle.
Pensar en el descenso de los misachicos, recordar esas imágenes es verlas bajar desde los parajes más altos y distantes , cargadas en hombros por senderos de piedra donde la fe se camina sin prisa. Recordar la festividad es escuchar el soplo simultáneo de las bandas de sikuris, acompañadas por el golpe sordo de los bombistas, el canto de los erkenchos y las coplas de devoción que marcan el ritmo de la marcha.
Aquel día, Purmamarca no celebró sola. Una a una, las delegaciones rurales fueron entrando al pueblo por las calles de tierra, trayendo a sus protectores domésticos para visitar a la Santa Patrona. El momento más emotivo ocurrió justamente aquí, donde estoy parada: el encuentro de las vírgenes y los patronos. Las imágenes pequeñas fueron ingresadas al templo colonial para acompañar a Santa Rosa de Lima , transformando esta histórica capilla del siglo XVII en un santuario colectivo de toda la comarca.
Luego vino la gran procesión alrededor de la plaza. La imagen de Santa Rosa encabezaba la marcha seguida por esa hilera multicolor y vibrante de vírgenes serranas. Los samilantes, con sus vestimentas de plumas de suri, danzando al compás ancestral de las flautas de pan, sintetizan la devoción católica y la memoria profunda de los Andes.
De vuelta al presente, acaricio con la mirada las pequeñas andas que aún permanecen en el templo. Sé que en pocas horas, o quizás al amanecer, las familias de los cerros volverán en silencio a recoger a sus patronas. Se repartirán los últimos abrazos en la plaza, cargarán las urnas sobre los hombros y emprenderán el largo viaje de retorno hacia sus parajes de origen.
Es en este gesto diminuto y paciente donde se revela la verdadera fuerza de Jujuy: una religiosidad popular viva, inalterable al paso del tiempo, que encuentra en estos ritos ancestrales parte de su identidad. Aquí la fe no es algo abstracto ni es un adorno de calendario, sino una vivencia comunitaria que resguarda la memoria, une a los pueblos dispersos en la inmensidad de los cerros y mantiene intacta la unión entre la divinidad y la tierra.
Mientras me dispongo a salir nuevamente hacia la plaza, el silencio de la iglesia guarda todavía el eco de la fiesta, y la presencia de estas vírgenes viajeras recuerda que en Purmamarca la fe no se guarda: se camina, se vive en cada ritual y se comparte.
Por María Ulivi






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