Ruta del Adobe: caminar sobre las huellas del imperio Inca en el Valle del Abaucán
Hay lugares en el mundo donde el suelo guarda memorias superpuestas, y el Valle del Abaucán, en el oeste catamarqueño, es sin duda uno de ellos. Durante el reciente viaje de prensa del que participé como periodista turística de la Organización Mundial de Periodismo Turístico, recorriendo cinco provincias argentinas, tuve la oportunidad de adentrarme en este rincón único. Al caminar por la famosa Ruta del Adobe esa traza entre Tinogasta y Fiambalá donde el barro modeló oratorios, caseríos y capillas coloniales, no solo sentí estar transitando un circuito de arquitectura pintoresca. Experimenté la profunda certeza de que, debajo de mis pies, palpitaba toda esta historia milenaria.
Donde hoy se despliega el asfalto que une los pueblos del valle, corría una de las arterias más estratégicas del Camino del Inca. El Valle del Abaucán no era un territorio aislado, sino un nodo de comunicación vital que articulaba los valles entre montañas con los pasos cordilleranos hacia el actual territorio chileno.
Al andar por esos senderos por donde hoy buscamos postales de adobe, no pude evitar imaginar a los ejércitos y a las caravanas de llamas ,animales de carga esenciales que transportaban metales, tejidos y maíz entre las distintas regiones, avanzando por estas mismas latitudes. Aquí funcionaban las tamberías, puestos de abastecimiento donde los chasquis reponían fuerzas y se coordinaba la logística, y donde se lograba la proeza de cultivar en pleno desierto.
Observando la aridez del paisaje actual, me resultó fascinante proyectar cómo los incas y las poblaciones locales, como los diaguitas, reconfiguraron la geografía para convertir el valle en un oasis sumamente productivo. Donde hoy vemos fincas y viñedos, se extendían terrazas de cultivo y andenes trazados con precisión ingenieril. Aprovechando el agua escasa del río Abaucán mediante canales de riego, la tierra daba maíz, papa, quínoa y zapallo, asegurando el sustento de la población y el almacenamiento en las qollqas o depósitos imperiales.
Caminar por esta tierra fue también rozar su dimensión espiritual. Para la cultura incaica, el territorio no era un simple espacio físico, sino una red viva cargada de lo sagrado: los Apus -los imponentes cerros y volcanes de la cordillera, considerados deidades tutelares y protectores de las comunidades-, la Pachamama y el Inti, -deidades que regían el ciclo vital de las siembras y cosechas- y los centros ceremoniales -espacios como Watungasta, donde se realizaban rituales de reciprocidad para mantener el equilibrio entre el mundo terrenal y el cosmos-.
Lo verdaderamente conmovedor de mi paso por el Valle del Abaucán fue percibir esa continuidad histórica. Cuando la presencia española se consolidó en la región, las antiguas rutas indígenas continuaron siendo las vías de tránsito. Los oasis agrícolas incaicos siguieron siendo los centros de asentamiento y, sobre la antigua arquitectura de piedra y tierra pisada, se erigieron, siglos más tarde, las iglesias y casonas que hoy admiramos en la Ruta del Adobe.
Al frenar a descansar en el centro de Tinogasta o al contemplar la fachada colonial de una capilla centenaria, entendí que debajo del paisaje cotidiano que contemplamos como cronistas late una memoria viva, una historia que aún respira en el viento y en el barro de la región.
María Ulivi







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