La Costa Tropical granadina: espuma, azahar y acantilados
- Miguel Ledhesma
- 24 jun
- 4 min de lectura
En Granada, una de las provincias de contraste cultural no solamente a nivel andaluz, sino español, los residentes disfrutamos de un legado geográfico que hace las delicias de todos los trotamundos.
Todo comenzó con los viajeros románticos como Washington Irving o Richard Ford, que la plasmaron en sus letras, y otros que la inmortalizaron en imágenes, como Mariano Fortuny, Sorolla, David Roberts o el francés Gustave Doré. Todos ellos llegaron sedientos de inspiración y quedaron fascinados por la luz de Granada y su entorno, con esa esencia árabe y mediterránea envuelta en montañas y mar.
No solamente plasmaron monumentos, sino la bravura del paisaje costero con sus fortalezas mirando al mar, que dieron lugar a lienzos magistrales enfatizando la luminosidad del sur español.
Para muchos de estos trotamundos, el viaje desde Granada a la Costa Tropical era toda una aventura. La mítica imagen del bandolero que podría asaltarles en cualquier recodo del camino no era un freno, sino un extra de emoción para aquellos que ansiaban vivir una experiencia salvaje y auténtica.
Ese magnetismo hizo que muchos aventureros quisieran seguir sus pasos, pues intuían que, tras las cumbres de Sierra Nevada, la tierra se desplomaba hacia un litoral único. Un rincón donde el invierno es un mito y el paisaje se vuelve verde y salino al encontrarse con Salobreña, Torrenueva y Motril.
Aquellos viajeros románticos que buscaban el embrujo de una Andalucía perenne llevaron por el mundo esa fascinación que hoy siempre nos asalta al contemplar la imponente silueta del castillo de Salobreña, la antigua Selambina fenicia, recortada contra el cielo, o la apertura marinera de Torrenueva junto con el latido de un Motril azucarero que un día selló su historia con su propia moneda, mientras el tañido de las campanas de la fábrica marcaba, para todo el pueblo, el ritmo y la jornada de su vida.
En plena revolución industrial de la caña de azúcar, el sistema era casi un estado dentro del estado: las azucareras acuñaban su propia moneda para pagar los jornales de la zafra o el transporte, y los trabajadores sólo podían canjearlas en las tiendas de la propia fábrica, era el sello inconfundible del imperio del azúcar motrileño.
Las campanas de la fábrica marcaban el despertar del pueblo entero, no hacía falta reloj, ya que el tañido de la azucarera regía la vida de las familias motrileñas, indicando el inicio de la zafra, los cambios de turno y el final de esas jornadas interminables bajo el sol y el olor a melaza. Era una auténtica banda sonora industrial que unía a toda la comunidad.
Al contemplar Salobreña desde su castillo, tengo que hablar de la leyenda de las tres princesas del sultán que cautivaron a Irving: Zaida, Zorayda y Zorahayda. Fueron encerradas en la torre por su padre, el rey moro «Mohamed» (históricamente inspirado en Mohamed IX), a quien apodaban «el zurdo» (El Haygari) porque decían que todo lo que intentaba arreglar le salía al revés; la misma mano izquierda con la que se dice que solía tratar a sus hijas.
Dos de ellas escaparían, dejando a la más pequeña, Zorahayda, en un encierro que mantendría hasta morir de pena, haciendo de esta leyenda un motivo de peregrinación de curiosos en busca de su fantasma errante en el castillo.
Estas Paredes de piedra también fueron testigo de cómo el príncipe Yusuf III desafió a la muerte estirando una agónica partida de ajedrez frente a su verdugo, logrando ganar el tiempo justo para que la corona de Granada llegara antes que el filo del alfanje.
Una vez más, el alma de los nuevos viajeros románticos se conserva en la actualidad gracias a la preservación de lugares como este, interpretados por guías de turismo que, como buenos juglares de Andalucía, transmiten con pasión y picardía la historia a los curiosos turistas.
Pero la crónica de este rincón no solo se escribe entre almenas; también se respira colina abajo, en la solera de rincones como el mítico Bar Pesetas.
Esas tascas de toda la vida donde el aire huele a mar y a tapeo del revés, y donde, entre copa y copa, se siguen cocinando a fuego lento las tertulias del lugar, manteniendo viva la verdadera esencia de la Salobreña de a pie.
Y es que, viajar por Granada te transporta en el tiempo a un mismo lugar, puedo estar en Salobreña y sentir que camino por mi querido Albaicín, con esas calles estrechas que me llevan a asomarme al abismo en el Mirador de Enrique Morente, un balcón colgado sobre el acantilado donde el viento costero parece cantar con el duende y la genialidad del maestro, fundiendo el horizonte de la Vega y el mar en un suspiro eterno.
Una fascinación que me asalta al contemplar la silueta de la antigua Selambina fenicia recortada contra el cielo, antes de sumergirme en la brisa marinera de Torrenueva o en el latido de un Motril azucarero.
Para mí Torre Nueva es la parte del litoral que desafía al vértigo en los acantilados del Peñón de Jolúcar, donde hoy los nuevos viajeros cruzan su pasarela colgante suspendida sobre la bravura del mar, bajo la mirada eterna de esa torre vigía que un día custodió la costa de las incursiones piratas. Un suspiro de salitre que te hace disfrutar de un azul claro e intenso.
Por Miriam Martínez






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